La Argentina no ha tocado Fondo como tampoco se sabe cómo hará el Fondo para llegar a la superficie y observar que el país puede mantenerse a flote con semejante endeudamiento que no le permite mira a esa costa tan ansiada llamada crecimiento sostenido con inclusión social. En los últimos días, la gestión del presidente Alberto Fernández ha intentando mostrar dos cuestiones fundamentales en el proceso de negociación con el Fondo Monetario Internacional (FMI). Por un lado, un apoyo político e institucional monolítico, cosa que no ha logrado en la cumbre del miércoles que pasó y que espera completar mañana, cuando los gobernadores de Juntos por el Cambio y los presidente de bloques de esa coalición opositora sean recibidos por el propio Fernández y por el ministro de Economía, Martín Guzmán. Por el otro, tampoco se ha difundido la cuestión técnica, es decir, qué medidas está dispuesta a aceptar la Argentina para un acuerdo de Facilidades Extendidas, aunque el oficialismo ha reconocido dos cuestiones centrales en este sentido: que no hay aún entendimiento en el sendero fiscal (gasto público) como tampoco está dispuesto a realizar ajustes con altos costos socioeconómicos. Las dudas siguen siendo de la política, pero no de la opinión pública. Según un sondeo realizado por D´Alessio Irol-Berensztein, nueve de cada 10 consultados cree que debe llegarse a un entendimiento con el organismo internacional. ¿Cuál es la razón de esta inclinación? El analista político Sergio Berensztein lo define con una frase tajante: “la sociedad está podrida de tantas idas y vueltas” porque quiere que el acuerdo se cierre de una buena vez y que tanto el oficialismo como la oposición se sienten a definir qué estará dispuesto a realizar el país a cambio de una extensión de los vencimientos de la deuda. Sólo de esa manera podrá ver si hay luz al final del túnel. En una entrevista telefónica con LA GACETA, el consultor señala cuáles son las dos hipótesis de acción que tiene la Argentina y cómo se reposiciona la dirigencia de cara a 2023, con un 2022 que promete ser tormentoso en materia política.
-¿Dónde estamos parados en las negociaciones con el FMI?
-Hay dos maneras de mirar esta situación. Una en la que se puede decir que el Gobierno nacional está haciendo, entre comillas, los deberes que son necesarios, pero no suficientes para, finalmente, cerrar el acuerdo de aquí hasta marzo. Y otra mirada, que se relaciona con las cuestiones técnicas y diplomáticas. Vamos por parte. Es fundamental entender que hay un capítulo de todo esto que es estrictamente político, en el que la Casa Rosada viene trabajando abiertamente para lograr consensos de distintos sectores y mostrar esos apoyos al Fondo. Todos suponemos, además, que la parte técnica del acuerdo estaría resuelta, pero no hay información certera al respecto. ¿Por qué? Porque no quiere el Gobierno y porque hay elementos dentro de ese entendimiento técnico que las autoridades consideran que pueden ser irritantes para el segmento más duro de la coalición oficialista. Allí podemos tener una explicación para contestar dónde estamos parados ahora.
-Pero la sociedad tiene la sensación de que no es tan fácil llegar a ese acuerdo por la deuda...
-No hay premura en el Gobierno porque Washington está en receso y los organismos allí radicados comenzarán a mover la maquinaria a partir de este lunes. En el mientras tanto, la gestión de Alberto Fernández necesita la parte política que, repito, es condición necesaria, pero no suficiente.
-¿En qué situación está ahora el acuerdo técnico?
-Uno podría llegar a afirmar que estaría listo, pero nadie lo vio todavía. Además, hay señales en contrario como la reacción pesimista que ha tenido el mercado, con la fuerte caída que han experimentado los bonos argentinos en Wall Street o el incremento en el riesgo país medido por la banca JP Morgan. Esa es una lectura. La otra es que el Gobierno debería llegar al 15 de este mes con la parte política resuelta y mirando hacia fines de mes cómo se alinean los planetas para buscar cerrar, definitivamente el acuerdo. Pero, paralelamente, hay otra lectura que dice que no hay acuerdo técnico y tampoco no hay consenso político dentro de al estructura del FMI. El directorio de ese organismo no dio el OK para la firma de una carta de intención con la Argentina. En el medio surgen ruidos inevitables como el ejercicio de Alberto Fernández como presidente de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac), que aleja la posibilidad de un apoyo político al acuerdo de aquellos países que se sienten agredidos por esa entidad intergubernamental. En conclusión, la primera hipótesis que enfrentamos es que el acuerdo es cuestión de tiempo. La segunda hipótesis indica que las cosas no están tan bien y que debemos trabajar más en la parte técnica y diplomática si se quiere arribar a un entendimiento. Con esto, el consenso interno pasa a un segundo plano.
-Ahora, ¿quién maneja la información del conjunto de las negociaciones, de la parte política como también de la técnica?
-Solamente el Gobierno. El Fondo es muy cauto y, como suele pasar, no filtra nada, como acontece tan solo en escenarios profesionales de negociación. En la práctica, lo que tenemos que entender es hasta qué punto estamos en la hipótesis uno. En otras palabras, si estamos bien y acomodando las fichas para lograr finalmente el acuerdo a fines de mes o si, por el contrario, vamos a seguir a los tumbos, no solamente lo que queda de este mes y también en febrero y, así, llegar muy justo al deadline de marzo. En el medio de todo esto hay vencimientos de deuda que hay que pagarle a Fondo mismo, si no son reprogramados. Se supone que un nuevo acuerdo implicaría precisamente habría una especie de devolución de los dólares que se han puesto para cumplir la cuotaparte de aquella deuda. Algo así como “vos cumpliste conmigo y con un plan de facilidades extendidas te voy a devolver aquellos dólares para que fortalezcas las reservas netas del Banco Central”. Pero la realidad está mostrando que ese mismo Banco Central está diciendo públicamente que no tiene los fondos para importar automóviles. Así, la situación es de extremo cuidado de las reservas que, transitoriamente, vas resolviendo, pero que, indudablemente, requieren de un acuerdo entre la Argentina y el FMI. Al final, las dos hipótesis pueden ser válidas.
-Pero, en definitiva, ¿cómo estamos?
-En una proyección de 60 a 40, tratando de inclinarse hacia la primera hipótesis. Al Gobierno se lo ve relativamente tranquilo, pero el mercado está muy nervioso. Le doy a la política el margen de la duda, de que hicieron las cosas con determinada razonabilidad y van hacia la hipótesis de que habrá acuerdo, acomodando algunas piezas. El mercado financiero te dice lo contrario, que no hay acuerdo porque consideran que los gobernantes son impresentables. Si no hay acuerdo, será un descenso absoluto para todos en la consideración pública, que expondrá a las empresas al riesgo de no poder alcanzar que le autoricen inversiones por la incertidumbre y por la poca credibilidad del país.
-En un sondeo nacional de opinión que realizó junto con Eduardo D´Alessio, concluye que el 85% de los votantes del Frente de Todos, el 96% de los de Juntos por el Cambio y el 87% de “otros” quieren un acuerdo. ¿Cómo se explica ese resultado?
-La razón es sencilla: la sociedad está podrida de todo esto. Muchas veces el sentido común nos indica que es preferible el fin de la agonía que una agonía sin fin. Y la verdad es que el acuerdo con el FMI es una agonía sin fin por los dirigentes. A esto hay que cerrarlo de una buena vez. La actual gestión ya tuvo una oportunidad de hacerlo, en diciembre de 2020, y tal vez no tendríamos que pensar en las consecuencias que hoy puedan surgir de un nuevo entendimiento. Haber estirado tanto la negociación nos encuentra hoy con debilidad en términos de reservas internacionales. Ojo, no digo que el FMI quiera poner de rodillas al Gobierno; no les interesa. Hoy es otro Fondo, pero la Argentina, en esta negociación, va de punto.
-¿Hay fundamentos para señalar que la resistencia al acuerdo del cristinismo es diferente a la postura del resto de los miembros que integran el Frente de Todos, incluyendo al Presidente?
-El Frente de Todos es muy heterogéneo, con sectores más duros e ideológicos como el que asume el cristinismo, La Cámpora y otros dirigentes afines. Lo que hace Cristina Fernández de Kirchner es una mezcla con pragmatismo. Ella tiene que mantener una postura más dura ante los sectores que la apoyan porque le da cierto beneficio político. Ante tanta heterogeneidad, el Gobierno tendría que haber apostado, desde un principio, a alcanzar consensos más amplios, comprometiendo a la oposición a darle apoyo en el acuerdo con el FMI.
-¿Por qué no lo hicieron?
-Porque no querían soltar los contenidos. Hay más resistencia dentro del Frente de Todos que en la sociedad y en la oposición.
-En Juntos por el Cambio, esta cuestión también ha desatado una reacción interna, con el gobernador Jujuy, Gerardo Morales, reconociendo que la deuda fue contraída por Cambiemos y, por lo tanto, debían ahora escuchar a Guzmán, que le costó una arremetida de los “halcones” del PRO.
-En cierta medida, la postura de Morales es inteligente. Él, como gobernador y presidente del comité nacional de la UCR, y su partido necesitan diferenciarse de sectores internos y afirmarse dentro del radicalismo como el candidato más lógico en una competencia interna. Pero además de decir ustedes los del PRO contrajeron la deuda y no deben borrarse ahora, le agregó la factura de que la UCR no fue consultada cuando la gestión de Mauricio Macri tomó la decisión de pedirle aquel crédito al FMI. Hoy dice que se hace cargo porque tiene responsabilidad de gestión en su provincia, pero no hay que perder de vista que Morales tiene una alianza con el peronismo (Carlos Haquim, el vicegobernador, es del PJ y estuvo en la cumbre de gobernadores del miércoles en Casa Rosada) para sostener la gobernabilidad. Pero no hay que quedarse con una foto, sino mirar la película. El PRO tiene otros problemas más amplios como los videos de la “Gestapo” antisindical o las peleas por los posicionamientos en las candidaturas rumbo a 2023. Postulantes en este espacio hay muchos, pero varios van a quedar en el camino durante este año.
-¿Cree que los liderazgos están en riesgo por el descrédito de la sociedad hacia los dirigentes de distintos sectores?
-En la Argentina, la puja por el liderazgo está abierta. Hay figuras que están consolidadas, que son dominantes y tienen poder de influencia, pero que conviven con los actores residuales, que están perdiendo aquella influencia, y también con los emergentes, que aún tienen espacio para crecer. En la Argentina hay una superposición de estos tres tipos de líderes. Si uno mira a la oposición puede decirse que el radical Mario Negri tiene poder, pero no sabemos cómo será su futura carrera política. Otro cordobés, el peronista Juan Schiaretti dejó pasar una oportunidad en 2019 y tampoco sabemos si tendrá otra en 2023. Estamos ante un horizonte en el que, por ejemplo, en la UCR hay varios actores instalados que asoman con intenciones presidenciales. Facundo Manes es uno de ellos y un típico ejemplo de líder emergente. Tal vez quiera ser candidato pero sus chances están supeditadas a lo que hagan los líderes consolidados en su espacio político. El caso de Mauricio Macri o de Horacio Rodríguez Larreta si miramos íntegramente a Juntos por el Cambio. Dependerá mucho de las disputas internas y de las encuestas. Este año eso ordenará el mapa interno de cara a 2023.
-¿Y qué sucederá dentro de la estructura del peronismo?
-Hay una multiplicidad de dirigentes con ganas de llegar con aspiraciones a 2023. No hay que perder de vistas el caso de las coaliciones electorales exitosas en las elecciones presidenciales, que luego tienen 200 millones de problemas a la hora de gobernar. Sucedió con Fernando de la Rúa y hasta con Cristina Fernández. No es un fenómeno nuevo. ¿Qué es lo novedoso en la actualidad? Que, luego de una pasividad presidencial, Alberto Fernández esté buscando más protagonismo y quiere que haya un albertismo con chances de llegar a pugnar para quedarse hasta 2027. Por eso vemos algunos referentes que salen a instalar la idea de su candidatura. Pero no le resultará sencillo. Por ejemplo, Cristina, en Pilar, no le dijo que no a una probable postulación. Jugó con la ambigüedad. Sergio Massa quiere ser presidenciable. Eduardo “Wado” de Pedro señala que es La Cámpora la que lo quiere tener entre sus candidatos. También están los líderes emergentes como el caso del tucumano Juan Manzur o del sanjuanino Sergio Uñac. En el Frente de Todos, en suma, se evidencia un liderazgo fragmentado, con características típicas que no son inusuales a la historia justicialista, que mezcla jóvenes dirigentes con otros con más trayectoria. Insisto que lo novedoso hoy es que, después de la derrota electoral del 14 de noviembre, Alberto Fernández haya decidido jugar para adelante con un albertismo que no existía. Pero se enfrentará con sus socios en el Frente de Todos que, al mismo tiempo, serán rivales en las candidaturas. Probablemente, el equilibrio que esa coalición hoy oficialista alcanzó en 2019, hacia el futuro no se repita. Hasta el mismo Presidente ha sugerido la idea de ir a internas. Esa es una posibilidad que no hay que descartarla.